Artículo por Pablo Vignone

CÓMO RUSIA ENTRO AL CALENDARIO DE FÓRMULA UNO

La Unión Soviética, una de las superpotencias mundiales cuando el Mundial de Fórmula 1 se instituyó en los años ’50, supo construir naves para ganar la Carrera Espacial, pero nunca se inclinó por producir autos capaces de vencer en competencias de Grands Prix, pese a que le sobraban los recursos. Mucho menos en disponer de un lugar en el calendario detrás de la Cortina de Hierro. Eran, seguramente, distracciones capitalistas…
El Grand Prix de Rusia, cuya primera edición data de 2014, fue la concreción de un sueño que Bernie Ecclestone alimentó durante más de tres décadas. Su puesta en marcha quizás borró, en alguna instancia, la frustración por no haber podido organizar, jamás, el GP de la URSS.
Ya en 1980, luego de los Juegos Olímpicos de Moscú, el Zar de la F1 envió una carta formal a Leonid Brezhnev, el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), para establecer una cita del Mundial en la capital de la URSS. Ecclestone soñaba con un circuito callejero que transitara la Plaza Roja y bordeara el Kremlin. Menudo proyecto.
Pero las conversaciones fueron lentas y arribaron a un abrupto fin con la muerte del premier en 1982. Ecclestone desvió su atención hacia otro país detrás de la Cortina de Hierro, y así fue como Hungría tuvo su primer GP en 1986. Desde entonces, la cita en Budapest no ha faltado en el calendario.
Para entonces, Mijail Gorbachov trataba de modernizar a la superpotencia con conceptos como Glasnost Perestroika, y lejos estaba de recibir propuestas para organizar carreras.
Pese a ello, la Cortina de Hierro cayó en 1989 y la Unión Soviética implosionó en 1991, abriéndole camino a una Rusia capitalista, con nuevos ricos surgidos del desguace del mundo socialista.
En marzo de 2002, Ecclestone estuvo muy cerca de cerrar trato con el alcalde moscovita, Igor Luzhkov, para hacer un GP de Fórmula 1 en un circuito especialmente construido en la isla Nagatino, a pocos kilómetros de la Plaza Roja.
El contrato para construir esa pista lo había ganado Tom Walkinshaw, el mismo que había convencido a Flavio Briatore para llevar a Michael Schumacher a Benetton y cuya escudería Arrows estaba disolviéndose.
Ecclestone viajó con su jet privado a Moscú a firmar el acuerdo pero minutos antes del acto oficial, en la alcaldía moscovita, Luzhkov se negó a cerrar el trato: la letra chica del acuerdo lo obligaba a gastar 150 millones de dólares adicionales, que no contemplaba.
«No quiere incurrir en gastos», se quejó el inglés. Nagatino nunca se construyó.
Para entonces, Vladimir Putin ya era presidente de Rusia y favorecía una carrera no en Moscú sino en San Petersburgo, su ciudad natal (aunque se llamaba Leningrado cuando nació en 1952).
Unos nuevos Juegos Olímpicos, esta vez los de invierno en la ciudad balnearia de Sochi, volvieron a impulsar el espíritu emprendedor de Ecclestone.
Putin fue más abierto que sus antecesores con la idea y ambos cerraron trato en octubre de 2010. Los Juegos se realizarían en febrero de 2014 y la F-1 aprovechó la infraestructura olímpica para crear su circuito, diseñado por el arquitecto predilecto del inglés, Hermann Tilke.
Pocos meses después, en octubre de 2014, Rusia cumplía el sueño del inglés. Muchos lo criticaron por cederle a Putin una herramienta de propaganda, pero el contrato dura hasta 2025.
Ecclestone fue licenciado por Liberty Media a comienzos de 2017 pero siempre concurre al GP de Rusia, como invitado de Rogonski, la firma promotora de la competencia. Y nunca deja de vérselo en compañía del premier ruso. 
«Si alguien tuviera una ametralladora y estuviera preparado para disparar a Putin, me pondría delante de él porque es un buen tipo. Nunca ha hecho nada que no haga bien a la gente», dijo en julio de este año. El domingo, seguramente, volverá a sentarse junto al presidente ruso en el palco de honor.
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